La zozobra de conciliar el sueño tras el terremoto

Juchitán de Zaragoza, Oaxaca. Los azulejos del piso están desprendidos tras el terremoto, truenan y chocan cuando se improvisa una cama con una colchoneta. Dormir en suelo juchiteco tras el terremoto es un acto de fe, pues las réplicas enervan los sentidos y trastocan el sueño.

En el Foro Ecológico Juchiteco son tres familias las que viven refugiadas, además de médicos del IMSS que no encontraron donde hospedarse e incluso el director del centro, quien también perdió su casa el pasado jueves siete de septiembre por el sismo de 8.2 grados Richter que destruyó esta ciudad.

Los dormitorios se improvisan. Lo que de día son bancas para platicar, por la noche se colocan una frente a otra y se convierten en una cama para niña. Allí además los damnificados guardan sus cosas con recelo, pues durante la mañana ahí está la sede de los poderes municipales y estatales y de noche es la guarida que los cobija tras haber perdido su propio techo.

El sueño es necesario pero no reparador. Irma trata de dormir a su nieta Liz, quien aún no comprende la situación ya que no pueden regresar a su casa “porque el techo de la casa del vecino se desprendió, la mitad quedó sobre la casa de mi mamá y la otra sobre nuestra casa”.

Yo la verdad ya me quisiera regresar a mi casa, ya quiero dormir en mi cama. La construcción quedó dañada y tenemos que esperar hasta que nos digan si demolerán las casas del callejón”, explica.

En el istmo es común vivir en vecindad, en terrenos donde cada familiar es propietario de una parte. El crecimiento de la ciudad encerró los predios en callejones.

La vigilia de los perros

Pasadas las ocho de la noche la gente despliega su dormitorio, a la hora que las mujeres dan de comer a sus maridos que regresan de trabajar y de “darle un ojo a la casa”.

En un fogón de leña cocinan pollo en sopa con rodajas de papa, carne de res molida con zanahoria y chayote, y ponen unas ollas gigantes de peltre para hervir café y en otra cazuela alta se guisan los frijoles, que van repartiendo en pequeñas marmitas.

Teófila y Adela cocinan en el albergue para los casi 20 damnificados allí guarecidos, casi todos amigos y familiares, y también invitan a los directivos del Foro y a los invitados que llegan.

A las nueve de la noche se siente una réplica, la intensidad es lo de menos. Todos se unen en el punto de reunión y comienzan a rezar en zapoteco y los niños lloran.

¡No pasa nada! ¡No pasa nada! Tranquilos muchachos”, se escucha gritar a Gonzalo Bustillo, quien dirige el Foro Ecológico y también es un damnificado.

Adela abraza a su hijo, le da golpecitos con sus manos gruesas. El adolescente, que es ya 15 centímetros más alto que ella, llora como un niño pequeño y tiene miedo. “Cadi guidxi’ bu (no tengas miedo)”, murmulla la mujer en zapoteco para reconfortarlo.

Este miedo carcome las entrañas, pero tenemos que ser fuertes, yo digo, porque las niñas están aquí. Mi hijo Orlando se quedó bien mal después del terremoto, fue tan sorpresivo para ellos ver la destrucción del pueblo”, dice Adela mientras tiene a su hijo abrazado entre sus brazos.

“Ya se espantó el sueño”, dicen y ponen sillas en círculos para platicar en lo que llega otra vez. Esperan otra réplica, de las más de mil 600 que el Sismológico Nacional ha registrado desde la media noche del jueves.

Entre español y zapoteco cuentan anécdotas y chistes para con la risa relajarse un poco en espera que llegue el sueño otra vez, pero en el fondo el miedo permanece, como una rémora.

Calientan de nuevo el café y traen galletas y pan de horno, con esto inicia el ritual del sueño de cada noche en las últimas seis noches para los juchitecos.

Los perros del Foro Ecológico, una perrita pinta, dos amarillos y una de ojos azules cuidan a sus amos. Ellos siguen nerviosos desde el terremoto; ladran y aúllan a cada movimiento extraño, a cada perro que se acerque a la reja o a cada “desbalagado” que camine por las calles derruidas de Juchitán.

“Shhhhh bi’cu, bi’cu (perro en zapoteco)”, les grita Heriberto desde las camas. Los perros no dejan de ladrar, están alerta para cuidar a sus dueños. “Bi’cu xpi’ cudu’ (perro del demonio) cállate”, les grita el anciano zapoteca. Durante el día, esos perros guardianes de la noche y la zozobra que dejan las réplicas se la pasan durmiendo.

Tempranito, a lavarse lo dientes

A las seis de la mañana ya están todos de pie en el albergue. El hábito del sueño cambió tras la desgracia. Los juchitecos se acuestan tarde y duermen poco, solo los niños y bebés descansan a pierna suelta, dicen.

Las mujeres barren el patio con los pies descalzos y los hombres hacen fila para lavarse los dientes con una gota de pasta. “Hay que ir ahorrando porque ya se nos acaba”, sentencia Teófila con seriedad de militar.

“Shitalsha Nutuu’ (Hola, ¿cómo estás?)”, se saludan entre ellos y dan gracias a Dios “porque los dejó vivir otro día”.

Las mujeres se bañan por tandas durante el día. Los hombres lo hacen de noche, para no perder tiempo e irse a trabajar. Así inicia otra jornada más en el refugio.

– Teófila, ¿ya tenemos café?

– Sí señor, ya tenemos, ahorita le sirvo – responde desde la cocina improvisada y desde las mesas que en su momento fueron para las actividades del Foro y que ahora sirven de comedor.

Los jóvenes acomodan las bancas y sillas, y doblan las colchas rojas, azules y amarillas con las que durmieron. En tanto, con paciencia Irma peina a su nieta.

Esto de vivir de refugiada, de damnificada es feo, pero no poder descansar a gusto es peor. Algo tan sencillo como dormir es casi imposible, vives con esa zozobra de que en cualquier momento viene otro mendigo terremoto. No recuerdo cuánto duró el terremoto, no lo sé, pero si hubiese durado 10 segundos más  yo creo que se desaparece el pueblo”.

El tema de conversación siguen siendo los movimientos telúricos a la mañana siguiente. “¿Sentiste el temblor? ¿Sentiste el temblor?”, todos lo preguntan y lo comentan. Hay algunos, que para no aumentar la psicosis responden “yo ya ni siento nada”.

El clima varía en estos días en Juchitán, a ratos hace calor y en otros viento y por las mañanas amanece brisando.

Heriberto, el que callaba a los perros en la noche, barría el patio desde temprano, usa lentes y un bigote cano que contrasta con su piel morena. Él se limpia la frente con dos dedos y voltea hacia su esposa Teófila, “¿Qué? ¿Cayaba nisaguie? (¿Está lloviendo?)”, pregunta ella mientras ordena su ropa. Él se mueve hacia y responde: “Sí, coño. Ahora nomás falta que también nos inundemos”.

 

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