El último trago del poeta Kingsley Amis: “Llevo mis pecados conmigo, nadie puede perdonarlos”

Pasó de estalinista radical a liberal reaccionario en una deriva que fue biográfica, literaria y poética. Pero Amis, uno de los más destacados novelistas británicos del siglo XX y padre del también escritor Martin Amis, quiso sobre todo ser poeta. Y lo fue.

La editorial Visor publica en español parte de su poesía inédita, cercana y (a veces) molesta

El Holocausto según Martin Amis

Cuando el escritor Kingsley Amis dio el primer vagido, 16 de abril de 1922, el Ulises de James Joyce llevaba tres meses desconcertando al respetable en algunas librerías de París, Londres y Dublín. Aquel libro iba a voltear la literatura del primer tercio del siglo XX, estableciendo un nuevo canon y generando un debate de navajas entre seguidores y escépticos. Durante varias décadas, Joyce fue el santo grial de la narrativa en inglés. Hasta que apareció un grupo de jóvenes que salió de batida contra los padres fundadores de la nueva escritura. Eran insolentes, osados, frívolos si tocaba serlo, inteligentes, cultos, extraños. Y tenían una misión: apagar a pedradas la estela de los mayores.

En cabeza de la expedición estaba el poeta y narrador Kingsley Amis, un pimpollo del sur de Londres educado en la Universidad St. John’s College, rematadamente british, irónico, inteligente, bebedor, machista y faltón. Un tipo de sobrado talento para desquiciar a quien se acercase a su jurisdicción. Kingsley Amis estaba en el mundo convencido de que incordiar era un apostolado. Tenía la literatura como única religión y la certeza laica de que el alcohol es el mejor aderezo para cualquier convicción. Incluso para todas las dudas. Kingsley Amis era un borracho de buen ánimo que, como poco, escribía demasiado bien.

Su primer impulso literario fue la poesía (aunque el sitio lo ganó con unas cuantas novelas y un puñado de ensayos). El segundo, no tomarse demasiado en serio. El tercero, disfrutar sin tregua. El cuarto, trabajar en el tiempo que dejaba libre su voraz propensión a vivir. Cuando aún era un joven airado (Angry Young Men), poco después de servir en el Cuerpo Real de Señales durante la II Guerra Mundial, publicó su primer libro, Bright November (1947). Un conjunto de poemas que rompía con la secuencia de los maestros que, junto a Joyce, habían establecido el itinerario de la poesía anglosajona: T.S. Eliot y Ezra Pound, principalmente. Los artífices del Modernism y padres tutelares de una poesía exigente, culta, compleja, espolvoreada de referencias intelectuales que repican en todas direcciones.

Para entonces, con el poeta Philip Larkin (compañero de universidad), los dramaturgos Harold Pinter y John Osborne (su pieza, Mirando hacia atrás con ira fue la casilla de salida) y los narradores John Wain, Elizabeth Jennings o Thom Gunn formó parte de The Movement (El Movimiento), la extensión natural de aquellos jóvenes airados que zarandearon la Inglaterra literaria de los años 50 del siglo pasado con un propósito claro: recuperar la normalidad en la literatura, acercarla al ruido de la calle, hacerla más cercana, incluso más doméstica, sin perder rigor pero dejando en la cuneta las penumbras. Y Amis fue el agitador primero. El vendaval. El ojo de la tormenta.

El poeta Amis, sin embargo, despuntó para la crítica con la novela Lucky Jim (1954), con la que inaugura el género de la campus novel: universitarios listos y rápidos como la sangre retratando con cinismo su mundo universitario, infestado de rigores de eco victoriano y señores con camisa con cuello de almidón. Pero él quiso ser, primero, poeta. Por eso la editorial Visor recupera buena parte de su producción lírica, aún inédita en español. Poemas antirrománticos, en edición de Jesús Isaías Gómez López. Una selección de textos de los siete libros de versos que publicó y donde se aúpa la figura poderosa, zascandil, enreda y deslenguada de Kingsley Amis. Contra la solemnidad de los maestros de la generación precedente, él presenta una escritura cómica, sardónica, confesional pero también lasciva, altamente testicular, con reflejos de reflexión y ceñida a lo real, a lo inmediato, a lo visible.

«En verdad, este show es para jóvenes./ El baile pronto empezará,/ entonces, ¿por qué tú y yo, guapa,/ no nos lo montamos en la Newlands Inn,/ y nos vamos conociendo bien/ con unos tragos de ginebra?»

Kingsley Amis no muestra gran interés por la perfección y el purismo. Prefiere una sátira poética con la que adoba ciertos bandazos de su vida. «¿Deberían los poetas inflar de aire el corazón humano/ o desinflarlo del todo?/ El amor del hombre es cosa aparte en la vida del hombre./ Las chicas no son así».

La meta era la impostura. En Kingsley Amis sucedía así. Todo marcado por una fulminante risotada, muchas veces desconcertante y ácida. Sin olvidar el tonelaje de las contradicciones. Un día era estalinista. Unos años después, «sólo comunista» (sic). Más tarde, anticomunista. Finalmente, conservador con un aliño de certezas de corte reaccionario. Y así con casi todo. Cinco años antes de morir, en 1995, aceptó al Orden de Caballero del Imperio Británico, pasando a adoptar el título de Sir por el largo viaje de su aventura literaria, que deja como herencia más de 20 novelas y 11 libros de no ficción, además de cientos de artículos en prensa (muchos sobre jazz en The Observer) y conferencias dispersas. Amis (Kingsley) destaca hoy como uno de los escritores principales de la segunda mitad del siglo XX en el paisaje de la literatura británica. Pero si su nombre se asocia a la desmesura, su obra se instala en una tradición corrosiva, ácida y visceral.

Una itinerancia que está en línea con su biografía. Dos mujeres, tres hijos. Algunas amantes dispersas. Y de entre los herederos, Martin Amis, que pronto tomó el testigo de su padre como escritor inflamable y también luminoso. La relación entre ellos pasó por distintos momentos bélicos. Se gustaban, pero se guardaban las vueltas. En Experience el hijo entró a cuchillo en la vida del padre. Los dos son excelentes novelistas. Los dos son difíciles de encajar en cualquier molde. Los dos empujaron una generación. La de Amis Jr. es la que tiene en la escudería a Ian McEwan, Julian Barnes, William Boyd, el Nobel Ishiguro, Salman Rushdie… El joven Amis contaba cómo su padre le explicaba los sueños húmedos que tenía con la reina de Inglaterra: «Ella está sentada sobre mí, la siento y la toco», decía el padre. Iba más allá y ella le frenaba: «No, Kingsley, no debemos hacerlo». Conviene tener en cuenta que el autor de Los viejos demonios (novela con la que ganó el Booker Prize en 1986) desayunaba dos lingotazos de Wild Turkey, uno de los bourbons de mayor gradación.

En poesía confiaba a ciegas en Philip Larkin, que le corregía los poemas.Fue quizá su mejor amigo. Murió en casa de los Amis en 1985. Él revisaba también los trabajos de Larkin. Eran compadres impulsados por un respeto mutuo, pero íntimamente protegidos por un recelo de ida y vuelta que nunca se sacaron de encima. Fueron los dos poetas más destacados de su generación, pero Larkin más hondo, más leído, mejor reconocido, más constante. «Amis ofrece una visión cómica del mundo sin necesidad de caer en la mera parodia del poema burdo y barato», dice Gómez López. Aun así, le vencía en demasiadas ocasiones el ingenio. Pero alcanzó maestría en la nota hilarante: «Ya definí el verso cómico como una continuación, en cierta medida, de la sátira».

No es fácil encontrar una imagen de Kingsley Amis en la que no aparezca cerca de una botella o con un vaso en la mano. Mirando a cámara con las pupilas hechas agua o con cara de ir dando bandazos después de soltar en un folio cuatro o cinco maldades sin dar nombres. «Llevo mis pecados conmigo, nadie puede perdonarlos», le gustaba decir. Creía en aquello que el polemista Cristopher Hitchens llamaba «la musa del trago». Pero no pasaba la línea de un vulgar pelmazo del whisky. Por algo es autor de uno de los libros esenciales del etilismoSobrebeber. Igual habla de cócteles que de resacas con esa erudición que conceden muchas jaquecas y demasiados tragos previos. Definió la sangría como «esa antigua pócima española» y su defensa fuera del whisky la lanzaba en favor del vodka ruso.

Estos juegos de contrarios eran muy del gusto del viejo Amis. Igual en la literatura: alternaba la poesía con la ciencia ficción. Y en 1964 completó el borrador de Ian Fleming El hombre con la pistola de oro. Quizá no se tomó demasiado en serio como poeta, pero tenía altos momentos de intensidad. Y no siempre involuntarios: «Lo que hacemos/ en nuestro desamparo,/ nos enseña quiénes somos,/ y lo que somos, y lo que/ es la vida misma». Jugó fuerte, pero no agotó su repertorio, que es lo mismo que decir que no desgastó a sus lectores. El poeta Kingsley Amis fue el origen de todo lo que vino (literariamente) detrás de un tipo imprevisible capaz de hacer de su existencia esa forma de gloria que se resume en vivir como uno quiere, contra quien sea. Principalmente contra casi todo. «Por eso soy el que sopla los molinos de viento./ Espléndido menester».

Fuente: EL MUNDO

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